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Escribo esta entrada porque me parece totalmente enriquecedor compartir experiencias. También porque a veces la gente de mi entorno me pregunta por mi periplo particular y los recursos en los que me apoyé, y quiero compartir todo eso.

La enfermedad me ha cambiado totalmente la perspectiva de la vida. Y he decir que para bien, que a día de hoy soy una persona mucho más libre y feliz que antes de ese enero del 2013 en la que me lo diagnosticaron.

Es curioso, pero lo primero de lo que me tuve que hacer cargo no fue de mis propios miedos, sino de los miedos que venían con el lote, los miedos asociados al nombre de esa enfermedad, el miedo social al concepto cáncer. Hay muchísimos tipos de canceres y distan mucho unos de otros, mucho. Por tanto, cada enfermedad es personal, cada vivencia es personal y cada tratamiento y curación o no, es personal.

Por eso comparto mi vivencia, y por eso quiero señalar la importancia de no dejarse arrastrar por el miedo de los otros, por el miedo del entorno, de lo que uno puede o no leer por internet, incluso del miedo de los médicos. Cada uno tiene que indagar y entender sus propios miedos, para encontrar sus propios recursos.

Otra cosa fundamental para mi fue entender que, al menos en el caso concreto del cáncer (aunque parece más que comprensible que sea así para cualquier tipo de enfermedad) , cada vez se le da más importancia a los factores “ambientales” en sentido amplio (que no solo medioambientales, sino, por qué no considerar además el ambiente social, educacional, mental , psicológico, emocional…) como factores decisivos en el desarrollo de la enfermedad.

¿Qué significa esto? que la contaminación, el estilo de vida, las cuestiones psico-sociales… tienen vital importancia en el desarrollo o no de una enfermedad. Basta poner un ejemplo bastante común: el estrés. Creo que casi cualquier médico, científico, místico, ciudadano de a pie… sabe a día de hoy que el estrés es desencadenante, cuando no causa, fundamental del origen o del desarrollo de las enfermedades. Y el estrés, que es, entre otras cosas, una aceleración (por tanto insana) de la mente, está además íntimamente relacionado con la gestión de las emociones, con el carácter…

En mi caso particular, se me incrustó la idea de que mi carácter había sido decisivo en el desencadenante de mi enfermedad, ¿me estaba culpando por ello? en absoluto. Culparme significaría creer que yo misma me había causado mi enfermedad, culparme significaría centrar toda mi atención en ese factor, despreciando el resto de posibles factores, sería establecer una consecuencia absolutista, sería simplificarlo todo al máximo, y consecuentemente con esa simplificación y esa creencia, dejarme llevar también por la creencia de una única solución, apostar a una sola carta… Todo me parecía demasiado complejo como para simplificarlo de ese modo.

Sin embargo, la idea seguía rondando mi cabeza, y entonces apareció el matiz: yo no era culpable de mi enfermedad, pero si era responsable de ella, al menos en parte, ¿en que medida? para mi eso no era relevante, con que existiese una mínima posibilidad de que aspectos de mi vida, como mi carácter, pudiesen haber influido o influyesen o influyan, directa o indirectamente, en el desarrollo de la enfermedad, tenía el suficiente peso como para que mereciese la pena tenerlo en cuenta, como para que esa posibilidad mereciese ser considerada y explorada.

Tengo o tenía mucha tendencia a estar nerviosa, a tensarme, a ser excesivamente exigente conmigo misma, he padecido vergüenza patológica y me gustaba que todo saliese según mis planes prefijados mentalmente, soy muy organizada y, por que no decirlo, tendente a rozar el control… tengo también tendencia a sentir una frustración casi insoportable cuando las cosas no salen como me gustaría que saliesen…

En el momento en el que, debido a la enfermedad, me detuve, en el momento en el que salí de mi cegadora rutina, esa que hace que solo hagas uso de ciertas capacidades que están totalmente automatizas, me di cuenta de mis carencias.

Yo descubrí, en mi misma, que si uno es realmente honesto consigo mismo, es capaz de poner sobre la mesa sus miserias íntimas y sus inconfesables, bajarse del carro de su propia soberbia (esa que te dice que no es para tanto y que uno está apto para hacerlo todo solo siempre) si uno es capaz de entender y de pedir la ayuda precisa, uno tiene mucho campo por el que empezar. Hay un amplio espectro de recursos que nos ayudan a indagar dentro de uno mismo, además no es necesario limitarse solo a uno, los recursos no son necesariamente intercambiables sino más bien compatibles y “simultaneables” (creo que no existe el término como tal) y tal vez haya que probar múltiples cosas hasta dar con lo que encaja en cierto momento, que no tiene porque coincidir con lo que encajará tiempo después. Cada persona es un mundo, pero desde la más ortodoxa hasta la más arriesgada, tiene al alcance de su mano herramientas que se adaptan a sus preferencias: desde el coaching y la psicología de diversas índoles, hasta terapias energéticas como el reiki…

Lo mismo me ocurrió con el tema médico. Decidí explorar el abanico de posibilidades, abrirme a todas ellas y hacer uso de lo que me podía aportar cada una: desde mis médicos del doce de octubre con su tratamiento concreto, hasta la naturopatía del Doctor de la Rosa como complemento esencial de dicho tratamiento, para mantener mi cuerpo lo más fuerte posible. Decidí confiar, que no creer, confiar de forma consciente pero plena y honesta (en el confiar siempre existe la forma de matizar y ajustar continuamente, la creencia suele ser ciega), decidí confiar en todas y cada una de las personas que, mi entorno o yo directamente, elegimos con un criterio concreto, pero flexible y abierto.

Otra herramienta fundamental fue un cambio radical en la alimentación, con el que ya estaba familiarizada de antes por mis temas de asma, pero en la que me imbuí de lleno. Para mi fue importante entender que esto no lo iba a hacer a costa de la fuerza de voluntad, porque la fuerza de voluntad es una manera de imponerse cosas a uno mismo, aunque estén justificadas, y eso ya no me funciona. Fue esencial para mi entender que lo que hacía, lo hacía comprendiendo que eso podía ayudarme a salir “de esta” de la mejor manera posible. También fue esencial entender que, en situaciones complicadas, tendemos a centrarnos en las limitaciones , sin atrevernos a ver que estas nos pueden llevar por caminos que de otra manera no nos atreveríamos a explorar. Para mi, mis limitaciones en temas de alimentación fueron una puerta abierta a la investigación y a la creativa experimentación culinaria.

Fue bastante revelador descubrir en internet la charla del Dr Martí Bosch sobre el origen de las enfermedades, que, más allá de la controversia sobre la teoría de la acidez y la alcalinidad, me hizo comprender, de forma certera y brutal, que tenía órganos internos a los que era necesario valorar y atender, y que paradójicamente, vivimos en un mundo con un gran culto al cuerpo, en el que, injustamente, este culto se queda solo en el exterior.

Otra persona reveladora e imprescindible fue Elka Mocker y su blog www.lalakitchen.com que, con su increíble generosidad y honestidad y su facilidad de palabra, pone muy fácil y muy tentador convertir la cocina en una aventura, por no decir una obra de arte. Además, expone recursos al alcance de la mano de cualquiera, como la figura del Health coach y como sus colegas Juan LLorca… Inspiradora es también la historia y la investigación desarrollada por la Doctora Odile Fernández durante su propia enfermedad.

En ocasiones, el tema de la alimentación va más allá del simple hecho de “vegetalizar” la dieta de forma saludable. Durante la enfermedad tuve una profunda “conexión” con el sufrimiento, y no solo con el humano. Esta conexión no la viví desde la indefensión, sino desde la decisión de buscar cómo paliarlo, mermarlo, o al menos como no seguir aportando, y no solo en el sufrimiento humano, sino en el de cualquier forma y expresión de vida… difícil, pero VIABLE empresa.

Más allá de las gastadas justificaciones de siempre, baste darse cuenta de que vivimos en un mundo con un ritmo insostenible a todos los niveles y que TODOS podemos aportar MUCHO con MUY POCO para cambiar esto, sin necesidad de volvernos etiquetados radicales en ningún sentido.

Otro gran caballo de batalla fue el ejercicio físico y mental. Y cuando hablo de ejercicio físico no solo hablo de deporte, aunque también hablo de deporte y de encontrar una actividad y una regularidad en éste adecuada a las características de cada uno. Además incluyo un tipo de actividades que nos ayudan a entender nuestra corporalidad en su más amplio sentido, a comprender nuestras tensiones corporales, nuestras posturas, el desempeño de nuestros movimientos… actividades que nos ayudan, sobre todo, a distendernos (tipos de danza, yoga, taichí, chi kung…). Para mi esta era sin duda una asignatura pendiente y prioritaria… cuando veo lo que era la relación con mi cuerpo hace años, me parece algo increíble en lo que se ha convertido.

Con ejercicio mental me refiero a aquellas herramientas que nos ayudan a mantener la mente serena y a centrar la atención en lo que uno hace en cada momento, sin distracciones… herramientas como la meditación, el mindfulness, el chi kung nuevamente… herramientas con las que aprender el funcionamiento de nuestra mente, de nuestra mente en concreto, cada uno la suya. Entendiendo que no somos nuestros pensamientos, y que si comprendemos como funcionan estos, podemos influir en ellos y variarlos, y, por que no decirlo, tal vez sanarlos.

Para encontrar las herramientas adecuadas, a todos los niveles, tuve que dejar a un lado mis prejuicios, mis ideas preconcebidas, y evitar esa tentadora e irresistible tendencia a generalizar. Dentro de cada herramienta existen multiplicidad de variantes y de profesionales, de una aparente misma cosa a otra puede haber un mundo diferente de matices, convirtiendo a esa misma cosa en otra totalmente distinta.

“Cambiando de tercio”… Uno de los mayores descubrimientos fue darme cuenta de un curioso hecho que denominé como “fragmentación”. Una de las cosas a las que me dediqué fue a ordenar fotos de mi pasado. Había momentos en los que no me identificaba para nada con la persona que estaba allí retratada, además había un abismo entre la persona que era cuando estaba yo sola, a cuando estaba en compañía y desde luego, había un abismo entre los distintos roles que desempeñaba, como el del trabajo. Entendía que el adoptar diferentes roles en general, también es útil y necesario para romper con una cierta uniformidad que nos atolondra y para no seguir teniendo las mismas preocupaciones y anhelos toda la vida en todos los momentos, pero imagino que el problema viene cuando uno se adapta tanto a esos roles y nos los revisa nunca jamás… y sobre todo cuando no es capaza de integrar sus pedacitos de vida en una misma vida, valga la redundancia…

Otra cosa favorable de la enfermedad es que supuso durante un año, literal y metafóricamente, alejarme de las alienantes rutinas en las que vivía, además de aprender así, a crear un espacio mental en el que explorar todos mis impulsos y, por supuesto, a escarbar para encontrar “lo esencial”… Lo esencial suele ser aquello que genera un placer especial por el simple hecho de hacerlo, aquello que no tiene ninguna consecuencia útil más allá de restaurarnos, y que suele pasar desapercibido por este hecho, por que no reporta una “utilidad social”, ni económica y que por ello solemos relegar, hasta a veces incluso olvidarlo completamente. Para mi lo esencial fue retomar mis pasiones de hace años, que eran, entre otras cosas, leer filosofía y escribir ensayos… Un gesto tan sencillo como descubrir o redescubrir y concederse lo que a uno le hace feliz, hace que todo cambie. Me gustaría matizar que lo de hacerme feliz, no significó dejarme arrastrar por el hedonismo ni por la evasión para no vivir lo que me tocaba vivir, eso son cosas distintas…

¿Secuelas? ¿Me han quedado secuelas? Depende de lo que se entiendan por secuelas. En general todos nacemos con unas partes de nuestro cuerpo más débiles que otras, partes que necesitamos atender tal vez hasta el fin de nuestros días, ¿hay algún problema por eso? tal vez sí o tal vez no, imagino que depende del caso. Desde luego que si uno tiene otras preferencias totalmente alejadas al cuidado íntimo de su cuerpo, como a mí me pasaba hace años, evidentemente esto le puede reportar un gran trastorno. En mi caso, el solo hecho de replantearme el concepto de “qué es el cuidado” me hizo darme cuenta de algo muy revelador: Cuando uno pone su atención en APRENDER a cuidarse de verdad (que tal vez es un camino eterno, de continuo reajuste), no tiene espacio para muchas otras cosas, y, ¿que son las otras cosas? muchas veces son preocupaciones superficiales que logré sacarme de encima de un plumazo.

Parece ser que si uno se replantea el concepto del cuidado, y lo integra como parte esencial de su vida, si tu vida vira al cuidado, que no a la hipocondría sino a la atención, que no a la hipervigilancia… el cuidado adquiere otra dimensión, pasa de ser algo externo e impuesto, a algo natural y maravilloso, y en cierta manera, al necesitar reajustes continuos, te saca de la rutina, física y mental.

En cualquier caso, lo único que yo puedo compartir desde mi experiencia, y lo digo desde todo lo honesta que puedo ser, es que me siento mejor que nunca y muchas veces se me olvida que he estado enferma. La mayoría del tiempo, cuando echo la vista atrás, siento que es una fase totalmente pasada y superada de mi vida, de la que me llevo muchas, muchísimas más alegrías que tristezas.

¿Todo esto me ha salvado hasta ahora? Pues no lo sé, puede que si, o puede que no haya tenido nada que ver, pero me es indiferente, lo que si tengo claro es que aproveché la coyuntura de la enfermedad para ponerme al día conmigo misma.

También tengo claro que no he sacado ninguna única enseñanza eterna, no he encontrado y ni espero encontrar ninguna receta universal, más allá de seguir aprendiendo día a día, de seguir descubriendo esta maravilla que se hace llamar vida, de tratar de aportar cada día mi granito de arena para intentar al menos no participar más en el sufrimiento, propio, ajeno y de cualquier manifestación de vida… y de ver, día a día, como articular este propósito en mi vida cotidiana.

Estas fotos son de una sesión que me hizo mi hermana Pauli justo antes de empezar el tratamiento. En la última salgo con mi perro Jamón, un elemento clave en el bienestar durante la enfermedad.

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