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El otro día, sin saber muy bien lo que íbamos a ver, entramos al cine donde ponían una peli coreana al parecer muy taquillera. Resultaron ser dos horas y media de tortura terrorífica. Intente abstraerme y disfrutar de los escenarios, pero era imposible, podía haberme salido del cine, pero creo que mi mente estaba empezando a entender y a atar cabos…

Cuando terminó me asaltó una gran tristeza, ¿por qué estando el mundo tan lleno de horror y violencia en los ratos libres nos seguimos exponiendo voluntariamente a ello?… pero, ¡eh!, esto no es una reflexión moralista para acabar demostrando que lo mejor es ir a ver películas naif, sino, como seria ex-adicta al cine de terror, simplemente pretendía intentar entender que me había llevado a consumirlas compulsivamente durante una larga época de mi vida.

Pues bien, me di cuenta de que de niña era más bien de naturaleza pánfila, y cuando llegué a la adolescencia, y comencé a ver muchos más vértices y aristas en la naturaleza humana (la mía incluida), se me hizo insoportable admitir la parte oscura que tenemos los seres humanos, no la entendía y me dañaba, pero a la vez tenía que convivir con ella… y no se me ocurrió mejor manera que exponerme, a corazón abierto, a un entrenamiento marcial que yo misma, inconscientemente, me acababa de diseñar:

Ver películas de terror era una supuesta manera de aprendizaje, me metía en una sala y me sometía visualmente a todo tipo de barbaridades para acostumbrarme a ellas, pensaba que, al estar aclimatada a tanta sordidez, podría soportar todo tipo sucesos que pudiesen ocurrir a mi alrededor. Al fin y al cabo mi mente ya tenía registrado que todo eso podía suceder, y le sería fácil a su vez, trazar una línea fina en la que confundirme a mi misma entre la ficción y realidad, no sé si me explico. Si ocurría algo terrible, solo tenía que recordar escenas similares de películas, para tranquilizarme e intentar vivirlo como si estuviese aún ante la película.

Parece que estaba asociando erróneamente el hecho de “poder soportarlo” con “no me está afectando”… terrible engaño, lo que ocurría es que me estaba anestesiando. Y esto es literal, es como cuando te operan bajo anestesia, puede que no te estés enterando en el momento, pero te están abriendo en canal, y eso deja una huella…

Menos mal que somos sensibles, cualidad totalmente denostada y vilipendiada, porque si no seríamos autómatas viviendo en bucle, incapaces de aprender de nuestras experiencias y variarlas.

Una vez que dejé el cine de terror, poco a poco fui entendiendo como me afectaba, eran pequeños detalles sutiles pero que se hacían cada vez más profundos:

Miedo a la oscuridad en todas sus facetas, sirenas de policía o ambulancia que estimulaban mi parte de imaginación más macabra… en fin, una predisposición más marcada a pensar resoluciones violentas sobre cada cosa real que ocurría.

A lo que nos exponemos nos acompaña en nuestra cabeza, se convierte en materia de asociaciones conscientes o inconscientes… y por supuesto que esto se puede aplicar a muchas otras cosas, no solo al cine de terror. Por ejemplo, si uno se pasa la vida viendo películas románticas tal vez comience a hacerse una idea y a esperar que los otros se comporten de cierta manera… y en el momento en que hay atribuciones, comienzan las frustraciones…

Con esto NO quiero decir que haya que ver o no ver pelis de un tipo u otro, cada uno que haga lo que le venga en gana, lo que quiero decir es que es muy interesante intentar entender por qué nos atrae lo que nos atrae, y cómo esto nos condiciona… para mi lo importante en la vida es comprender porqué hacemos lo que hacemos, para abrirle la puerta y que exista la opción de no seguir repitiéndolo infinitamente.

Y bueno, como muchas cosas, por suerte, no todo es tan simple como aparenta. En este caso concreto, existen muchos más factores que me hacían consumidora compulsiva de cine de terror, por ejemplo otra cosa que me atraía tenía que ver con la identidad, con querer sentirme identificada con algo, con esta obsesión de construirnos una personalidad y encima hacerlo a base de trozos… por ejemplo, definirnos a través de lo que nos gusta o no nos gusta, o de lo que consumimos o no consumimos…

Y por supuesto está la adicción que tenemos a la adrenalina y a los picos emocionales… la incapacidad que tenemos muchas veces de aceptar la supuesta “flojera” de la vida cotidiana por considerarla así aburrida…

Pero estos son otros temas que requerirían apartados separados, y de lo que me he dado cuenta vívidamente estos días ha sido de éste que os acabo de exponer…

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